Justiniano

Había neblina. Eran cerca de las dos de la mañana y desde uno de los lujosos departamentos del barrio El Golf una luz tenue permitía adivinar dos siluetas entrelazadas.

Besos, caricias, tirones de pelo, mordiscos. Toda una tormenta de pasión se desarrollaba en una mezcla de batalla y juego, de agresión y deseo. Ambos estaban desnudos. El cliente abajo, el “serviceman” arriba.

Hacía cuatro años que había tenido su primera experiencia homosexual. Muy poco tiempo para reconocerse considerando que ya tenía 60 años y una carrera profesional que cuidar.

Cuando estaba en el éxtasis total, en el momento preciso en que sintió que cada músculo de su cuerpo se tensaba mientras lo embargaba el placer, pudo adivinar en la nuca el frío metálico de un silenciador. Antes de alcanzar a decir o hacer algo, el muchacho de turno había apretado el gatillo dos veces quitándole la vida y dejando de paso el rastro de la muerte en el espejo que adornaba la cabecera de la lujosa cama.

Cuando se trataba de impartir justicia, José Daniel Bruner era temido y respetado. Temido por quienes debían enfrentarlo, por aquellos que sabían que era él quien llevaría sus juicios. Respetado por el pueblo, por sus colegas y por todos quienes sabían que cuando se trataba de él, no existía la llamada “puerta giratoria” de la justicia chilena.

Llevaba 25 años en el poder judicial. Era el candidato perfecto para ingresar como nuevo miembro de la Corte Suprema de Justicia y su carrera era tan brillante como el anillo de oro que simbolizaba su matrimonio de ya cuarenta años de duración. Entre sus pares, cuando el ambiente era algo más relajado, lo conocían como “Justiniano”.

El 24 de diciembre de ese año había sido oscuro para la sociedad chilena. En plena víspera de navidad, cuando en la televisión hablaban de los preparativos para la fiesta familiar y entregaban los datos para comprar los últimos regalos, la noticia de un horrible asesinato había enlutado y conmocionado a la opinión pública: un hombre de 30 años, conocido como Daniel Santelices Huerta, había abusado de dos niñas, de trece y quince años de edad, y luego las había descuartizado para finalizar su noche de terror lanzándolas a las aguas del Canal San Carlos.

La policía había descubierto partes de los cuerpos tres días después de que las familias de las dos pequeñas, vecinas y amigas, hubieran reportado la desaparición y presunta desgracia.

Pasaron los días y Santelices cayó preso. La presión pública se hizo notar. En las afueras de las dependencias de Gendarmería cientos de personas se congregaban para pedir a gritos la prisión perpetua del “asesino navideño” como se le había apodado. Todos pedían también, que fuera juzgado por Bruner, el “Justiniano”.

Tras un proceso no muy largo que mantuvo pendientes a millones frente a sus televisores, el asesino navideño había sido condenado a prisión perpetua efectiva. Se le habían negado los beneficios de cualquier clase y se le había trasladado a una prisión de alta seguridad.

Bruner, recibió el reconocimiento de ser un juez certero. La condena social al crimen había sido total y él había sabido representar el verdadero sentir de la gente. Una vez más, Bruner había actuado y lo había hecho bien. Muy bien.

Ya llevaba dos años en la misma celda. Tenía que comer solo; salir al patio de la cárcel solo y sólo podía tener acceso a libros que le entregaran sus familiares, previa revisión de personal de Gendarmería. Las únicas visitas que se le habían permitido eran de las dos personas que constituían su familia: su hermano Ricardo y su madre Ana.

Habían bastado sólo algunos meses para que se hubiera sentido arrepentido. No lograba explicar qué era lo que lo había llevado a asesinar a las niñas. Sí sabía qué lo había motivado a abusar de ellas. Le gustaban, ellas lo habían seducido, le habían buscado, como si de hembras en celo se tratara. Pero el asesinarlas…

Recordaba una furia ciega. Recordaba que de un segundo a otro, cuando las vio frente a él, golpeadas y sangrantes, su visión se nubló y luego se dejó llevar por un impulso de rabia, de irracionalidad, que jamás habría sido capaz de controlar. En ese momento, pensaba, podría haber cortado cadenas como mantequilla con tal de descargar su castigo frente a esas dos provocadoras.

Recordaba los minutos en que tomó el cuchillo, mientras ellas sollozaban, incapaces de gritar pidiendo auxilio producto de sus estómagos faltos de aire. Recordaba cuando escuchó los gorjeos de ambas gargantas rebanadas, y cuando la carne se partía al paso del filo.

Llevaba más de un año con esos sonidos e imágenes dando vuelta en su cabeza. Sabía que jamás saldría de las cuatro paredes en las que estaba. Su vida, se habría de terminar entre las sombras de las rejas y nadie, quizás ni siquiera su familia, lloraría el final de su existencia.

El incendio había comenzado a las dos de la mañana aproximadamente. Una de las alas cercanas al sector de máxima seguridad era objetivo de un motín y, por más que los gendarmes intentaban controlar a los reos, el ambiente era el de una auténtica batalla campal.

El objetivo de los presos no era escapar. Su motín era la fase final de una larga planificación. Ya hacía cerca de un año, Oscar Luís Sepúlveda, un hombre de 37 años, había caído en prisión luego de atacar a un carabinero que intentaba cursarle una infracción. La pateadura que había propinado al policía había sido tal, que recién cuando Sepúlveda llevaba cuatro meses preso el uniformado había salido de un estado de coma que por momentos se pensó, lo llevaría a la muerte.

Aunque nadie se había mostrado capaz de entender los motivos que habían llevado a Sepúlveda a atacar así al policía, él sí tenía todo muy claro. El motín era parte de esa visión, de ese frío cálculo que llevaba en su cabeza desde hacía ya tiempo atrás.

Entre todo el movimiento, el humo, los gritos y la confusión del motín, nadie sabía cómo, Sepúlveda había logrado acceder a la zona de alta seguridad y, consecuentemente, a la celda de Santelices. Una vez ahí, simplemente se había dejado poseer por una furia extrema y, en memoria de sus hijas descuartizadas, había pateado, acuchillado y torturado al asesino navideño de tal forma que, de no tener la certeza de que ésa era su celda, los peritos médicos no habrían podido identificarlo. Sepúlveda hasta se había dado el tiempo de sacarle todas las piezas dentales y las huellas digitales a Santelices mientras estaba vivo, para después arrojarlas por el inodoro.

Nadie se había mostrado afectado cuando se supo la noticia del asesinato de Santelices. De cierta forma, lo encontraban justo. Más de alguien sentía y decía en las esquinas en que se hablaba el tema, que habría hecho lo mismo. La familia del asesino ahora brutalmente asesinado había guardado el más absoluto silencio. Ni siquiera había salido en las noticias el llamado de la madre del hermano menor de Santelices, que ahora sufría el dolor de la desaparición de su hijo menor.

Tres años más tarde, cuando a las 12 de la noche del 23 de diciembre “Justiniano” había llegado al departamento de El Golf (que arrendaba bajo otro nombre hacía algunos meses) y había marcado el número de teléfono de la casa de servicios para homosexuales, jamás había imaginado el fin que tendría esa jornada. Como de costumbre pidió que le enviaran al “más jovencito” y, como de costumbre, eso habían hecho.

En esta oportunidad, al abrir la puerta, Bruner se había topado de frente con un muchacho de unos 25 años, de cerca de un metro noventa de estatura y ojos claros que brillaban en un rostro de facciones rudas. Justo lo que le gustaba.

Llevaban cerca de dos horas sobre la cama, con las sábanas de seda enredadas en los dedos apretados de Bruner, cuando Esteban Santelices Huerta, el hermano menor del “asesino navideño” le había susurrado al oído las palabras que antecedieron a dos secos y silenciosos disparos en la nuca: “Feliz navidad de parte de mi hermano, querido Justiniano”.

Entre la neblina y las luces difusas de Apoquindo, una silueta silenciosa caminaba lenta, tranquila, satisfecha. Le había enseñado lo que era la justicia al aclamado Justiniano.

Por Pedro López Barahona